No se nos enseñó a trabajar para buscar trabajo

     Hace unos años, cuando todo parecía idílico dentro de la burbuja que son los libros, los exámenes, las notas, las horas dentro de un cuarto y los deberes, nada preocupa más a un estudiante que acabar sus estudios. Algunos simplemente sueñan con terminar, otros con tener buenas notas para encontrar un buen trabajo con el que han soñado durante su vida. Porque es para lo que han estudiado, para formarse, para tener un futuro. Si además te gusta y eres brillante debes esforzarte más que cualquier otro en alcanzar esa meta. Desde niño, a pesar de ser vago o cómodo en ocasiones, has comulgado con la idea de que para ser algo hay que hincar bien los codos porque esa es la única manera de ser lo que quieras. Porque quienes se esfuerzan, quienes sacan sobresalientes son los que llegarán lejos. Los que no aprenden lo suficiente nunca lo harán. Una creencia como cualquier otra con un prejuicio implícito, quizás incluso algo de arrogancia. Pero es lo que hay que hacer, es lo que nos han enseñado. Y si no eres capaz de llegar te preguntarán qué es lo que te ocurre. Puedes dar más de ti, lo has demostrado en otras ocasiones. Eres inteligente, quizás incluso seas el empollón de la clase al que todo el mundo aborrece. Pero eso no importa, da igual no tener amigos. Porque la meta es lo que hay dentro de unos años. Hay que ser buen estudiante, hay que sacar buenas notas, porque quien lo hace tendrá un trabajo seguro, todo el mundo se fijará en tus notas. Es lo primero que mirarán… Pero entonces llega la primera entrevista de trabajo. Y el mundo se derrumba. Nadie nos dijo que la realidad fuera tan distinta.

      Fuera de las aulas las cosas son diferentes. Y si no nos han preparado para ello nos sentiremos frustrados con nosotros mismos, nos daremos el primer gran batacazo de nuestra existencia. Caeremos al vacío como la lluvia sobre el asfalto. Nos daremos cuenta de que tantas horas frente a un libro no han valido para nada porque lo que buscan es empatía, responsabilidad, gestión del estrés, inteligencia emocional… Y eso nadie nos lo ha enseñado. No se nos dijo que encontraríamos un trabajo quizás tres años después de acabar la carrera, a la doceava entrevista. Que antes deberíamos a aprender a gestionar el no. Que no encajamos en todos sitios, que debemos aprender a hacer entrevistas, a vestirnos para ellas… Nadie nos advirtió de que es nuestro currículum y nuestras aptitudes lo que cuenta a la hora de ser o no elegidos. Que para cuando te hayan valorado en algún sitio antes habrás tenido que sentir frustración. Que tu autoestima subirá y bajará de la misma manera que aparecen ofertas en las que probablemente serás un número más. Nadie nos dijo que tendremos que llorar desconsoladamente, que nos encontraremos con personas a las que no les importaremos porque somos un papel más. Que el silencio será a veces aplastante. Nadie nos enseñó paciencia ni nos dijo que todo llega pero que hay que esforzarse. No se nos dijo que salir al mundo implicaba variabilidad. Que fuera de las aulas no existe la estabilidad y que deberemos aprender a convivir con la incertidumbre, con los cambios. Que ahí fuera todos seremos iguales en oportunidades y de que no partirás con ventaja, empezarás de cero. Que quizás tu suerte sea menor, que verás a compañeros avanzar más rápido que tú. Y que ellos crecerán mientras tú aún no encuentras una oportunidad. Que sentirás envidia y te cuestionarás tu propia valía, tus aptitudes. ¿Realmente las tienes? Tu currículum y tus notas lo dicen pero otros lo niegan o se niegan a verlo y para cuando alguien lo vea estarás herido. Seguirás cuestionándote, seguirás decepcionado.

      Porque en este momento de cambios, en todos esos años ha habido un gran vaivén emocional lleno de tristeza, culpa, alegría, incertidumbre, rabia… Y nuestra creencia más implantada de que con sacar buenas notas conseguiríamos un buen trabajo resulta ser igual de falsa de lo que era antes, la única diferencia es que lo hemos descubierto tarde, demasiado tarde. Cuando las horas no van a volver. Quizás hubiéramos vivido mucho más relajados y habríamos visto que lo que realmente importa en este mundo es aprender y no aprobar, porque la segunda proviene de la primera y no al revés. Y quizás ahora, después de haber logrado encontrar un trabajo no nos haríamos esa martilleante pregunta con un gran poso de decepción, ¿para qué ha valido tanto esfuerzo? Ni sentiríamos tristeza por haber desperdiciado pensamientos en una falsa creencia tan infantil.

     Nadie nos dijo que la realidad fuera tan complicada y tan sencilla a la vez.

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¿Características positivas y negativas de la personalidad?

Características negativas de la personalidad: Introvertido, solitario, débil, tímido, hablador, aburrido…

Características positivas de la personalidad: Extrovertido, callado, elocuente, popular, seguro de sí mismo, comprensiva…

Seguro que a muchos de vosotros os suena esta clasificación. La hemos visto en muchas ocasiones sobretodo cuando somos pequeños y comenzamos a aprender a describirnos a nosotros mismos o a los demás en español o en inglés. Esta diferenciación no la he construido yo, la he encontrado en una página dedicada al aprendizaje del inglés puesto que ahora he empezado a ayudar a un niño con el idioma. En apariencia es algo simple, sencillo. No habría de existir maldad en clasificar las características de una persona y ponerlas como malas o buenas. ¿No es cierto que ser agresivo es malo? ¿O ser avaricioso? ¿Maleducado? ¿Insensible? ¿Irresponsable? ¿Vago? ¿Mezquino? Todo el mundo desaprobaría una actitud semejante e incluso nos llevaríamos las manos a la cabeza, negaríamos con vehemencia y señalaríamos al sujeto en cuestión poniéndole una marca para toda su existencia. Es más, nos apartaríamos si pudiésemos. Nos persignaríamos tres veces.

Pero, ¿y si fuéramos aventureros? ¿O valientes? ¿Curiosos? ¿Amables? ¿Simpáticos? ¿Audaces? ¿Inteligentes? ¿Sabios? ¿Ingeniosos? ¿Ocurrentes? Seríamos alguien popular entre nuestros vecinos, seríamos aquella persona a la que todos quieren tener cerca. Nos saldrían amigos y enemigos a partes iguales, pero quizás más amigos. Porque somos buenos… ¿O no?

¿Quién define lo que es bueno y lo que es malo? ¿Quién nos define? ¿Quién nos pone el rótulo y los neones? ¿Quién establece lo que es popular de lo que no lo es?
No es otro que nuestra cultura. Y la cultura la hemos inventado nosotros.

Comienzo de esta forma para dar a entender lo interiorizado que tenemos la categorización de las personas según sus características. Si alguien es popular es algo bueno. Si eres introvertido estás mal de la cabeza, algo falla en tu ADN. Si eres débil o vulnerable no sirves para nada porque nunca hay que mostrar debilidad, hay que ser siempre fuerte, valiente. No se puede tener miedo, ¿cómo vas a tener miedo de una araña? ¿Estás loco? ¿Se te ha fundido un fusible?

Si eres solitario o tímido eres antisocial, demuestras poco respeto hacia las personas que te rodean. Debes ser extrovertido, salir de fiesta, tener muchísimos amigos. Debes ser alguien a quien todos conozcan. Debes ser seguro de ti mismo, no te permitas tener complejos ni dudar de ti porque eso no le gusta a nadie. No te permitas ser imperfecto. ¡No! Debes ser siempre positivo y estar alegre. ¿La tristeza? No, esa nunca la permitas entrar en tu vida. No te permitas ser pesimista ni estar aburrido. La gente que se aburre no le gusta a las personas. Hay que saber que hacer, siempre.

Y por favor, sobre todas las cosas, sé callado. Sé una persona sumisa. Déjate llevar por lo que digan los demás porque esa, querido amigo, es una característica positiva de tu personalidad y de la que debes sentirte orgulloso. Por cierto, no importa ser orgulloso.

¿Qué pasaría si esta clasificación se la enseñamos a un niño? ¿Qué pasa si nos la han enseñado a todos nosotros? ¿No estamos poniendo las bases para la intolerancia? ¿Acaso con esto no estamos diciéndole al niño lo que debe ser y lo que no? ¿No le estamos enseñando a que sienta frustración? ¿A que no sea él mismo?

Muchas de las situaciones que vivimos en la actualidad basadas en la intolerancia (acoso escolar, laboral, humillación, maltrato, superioridad…) provienen de cosas tan sencillas y simples como una clasificación de estas características. No se trata de clasificar en negativo o positivo sino de enseñar que hay actitudes malas y buenas. Porque inconscientemente estamos enseñando a realizar esa clasificación a los niños y ellos serán en el futuro los que establezcan los mismos estándares. Y seguiremos tratando a quien es más introvertido u observador como un demonio mientras seguimos premiando la personalidad que, según nuestra cultura, tiene valía cuando todas son igualmente válidas.

Tengamos pues cuidado con el lenguaje, es el arma más poderosa y más silenciosa.

El qué dirán: miedo a ser yo mismo.

     Últimamente me pregunto qué es ser normal, real, anormal, distinto, perfecto… Y quién es el que define dichos aspectos y los clasifica según su importancia. Dicen que para ser alguien en esta vida necesitamos ser normales y ajustarnos a lo que todo el mundo dice que debemos ser. Tener una buena casa, un buen trabajo, ir a la moda, tener un buen cuerpo, una buena cara, ser amables, no estar tristes ni de mal humor, ser condescendientes, admirar a quienes más tienen, admirar al dinero, ser otro… Pero, ¿qué es tener algo bueno?

     Dicen que tener unas medidas 90-60-90 o unas que se acerquen a eso, o tener el vientre plano, estar musculoso, hacer dietas… eso es estar bien. Todo lo demás, pues, según esa definición, es lo anormal, lo imperfecto. Lo asqueroso de ver a la vista. Porque la mujer que tiene barriga es fea de ver, o eso dicen. Porque el hombre que no hace pesas y va poco al gimnasio o hace poco deporte es un vago. Entonces aparece la operación bikini con toda su gran maquinaria. Ejercicios para perder grasa, alimentos… Y si llegado Junio, mes de apertura de piscinas, no estamos “bien” todo el mundo nos mirará con desprecio por no ajustarnos a los patrones establecidos de belleza. Porque para ir a la playa es necesario tener un “cuerpo 10” y quien no lo consigue es que simplemente no se ha esforzado lo suficiente. Pero hay quienes lo hacen y caen en la bulimia, la anorexia o la depresión. Y aún seguiremos mirándoles con desprecio.

     Dicen que para ser alguien en la vida hay que ser un gran trabajador, infatigable, que gane cantidades ingentes de dinero y tenga una buena casa, un gran coche. Tenga fama, venda muchos libros, discos, pinturas. O sea un gran publicista, médico de éxito, periodista galardonado, empresario de portada. Alguien que pueda marcharse de vacaciones en verano a lugares inhóspitos. Pero definamos bueno. ¿Qué es una buena casa? ¿Una que sea grande, espaciosa y llena de muebles? ¿Una con la que podamos presumir? ¿A pie de piscina o de playa? ¿Una que esté en un barrio residencial? ¿O una que nos dé cobija y en la que a pesar de su pequeñez nos sitamos agusto?

¿Qué es un buen trabajo? ¿Aquel en el que nos vendemos por dinero? ¿Aquel donde a pesar de no gustarnos podemos pelotear? ¿Aquel que todos podrían llegar a aplaudir? ¿Aquel que no disgusta a nadie salvo a nosotros? ¿O uno en el que sintamos mariposas y vayamos todos los días con una sonrisa aunque ganemos poco?
¿Y qué es el dinero sino trozos de metal y papel?

Dicen también que hay que ir a la moda. Que tendríamos que vestir de una determinada manera. Dicen también que deberíamos salir de juerga o hacer actividades ociosas que la mayoría contempla como lógicas. ¿Realmente lo son?

     Dicen que hay que comportarse bien. ¿Y qué es eso? Dicen que hay que ser normal. Alguien que me lo defina.

     Dicen, dicen, dicen…. Todos tienen algo que decir. Pero el concepto de belleza cambia con cada siglo. Antes las mujeres no tomaban el sol porque era feo. Antes la gordura era símbolo de bello. El concepto de grandiosidad también cambia según la ideología. Hay quienes quieren acumular y quienes quieren repartir. Los conceptos cambian con el tiempo. El prisma con el que observamos la realidad depende de la época en la que asomemos la cabeza. Y sin embargo, nos agarramos a ellos para no destacar aún cuando lo normal es otra cosa. Si miramos a nuestro alrededor todos tenemos curvas, canas, celulitis, barriga, pelos, mal aliento, nos huelen los pies… Y eso, mal que nos pese, es ser humano, ser real.
¿No es acaso el miedo a hablar en público miedo al qué dirán? ¿O la operación bikini? ¿O ir a la moda? ¿O salir a según que sitios? ¿No es acaso miedo a ser real y ser rechazados por ello? ¿No queridos?

     Porque cuando no cumplimos con los cánones se nos rechaza, se nos juzga e incrimina pero si intentamos cumplir con ellos nos frustramos porque no llegamos al objetivo. Y sin embargo, cuando somos imperfectos es cuando somos nosotros mismos y somos felices.

La cultura debería ser accesible

     Hay una cosa llamada cultura que debiera ser accesible a cualquier persona sea quien sea, tenga los ingresos que tenga y se dedique a lo que se dedique. La cultura es patrimonio de la sociedad, es patrimonio incluso de aquellos que no se interesan por ella. Nos quejamos con bastante regularidad, sobre todo los artistas y algunos con razón, de temas como los impuestos, la piratería y otros tantos asuntos. Pero ni siquiera quienes están en el océano de la cultura ponen remedio a algo mucho más importante y que quizás sea la madre del cordero, por llamarlo de alguna manera, y que son el acceso a la misma y querer a la propia cultura.

      Los libros, los materiales audiovisuales (series, películas…), la música, el teatro, la pintura, la escultura, la fotografía, la historia, los idiomas, la filosofía…Todo ello forma parte de la cultura de un país, de la cultura de un mundo. Son formas de conocer el lugar en el que vivimos. Son formas también de pensamiento que han de poder transmitirse a quien desee conocerlas. Se debe pagar la cultura en la medida en que esta haya sido creada, es el caso de los libros, de las series, de la música o el teatro entre muchas formas de arte. Porque el artista también tiene derecho a comer, tiene derecho a percibir un dinero. Pero también me hago la siguiente pregunta, ¿el arte es solo para unos pocos? ¿Para aquellos que pueden permitirse comprar un libro? ¿O una entrada de teatro?

     Nos quejamos de la piratería por ejemplo, pero tampoco ponemos medios para que eso no se produzca. Estaría encantada de comprar un libro si pudiera, si los precios no fueran el símil de una compra, es lo que podría pensar alguien en el paro y que debe priorizar. Pero para eso existen las bibliotecas, ¿verdad? Y sin embargo, no las mimamos lo suficiente como para proveerlas de títulos. Uno puede ir a la de su ciudad y ver con disgusto que aquel título que deseaba leer con tantas ansias no está en ella e ir a la tienda y ver también con disgusto que tampoco puede comprársela. Quizás habremos perdido en esa persona a un lector empedernido que angustiado por su situación se desmoraliza porque no puede leer y tampoco le dejan leer.

     Podemos poner otro ejemplo. Las series de televisión o el cine. ¿Cuántos de nosotros no nos lanzaríamos corriendo a verla por el ordenador ahora que tenemos dicha oportunidad? ¿Cuántos de nosotros no nos hemos dado de narices contra mensajes que nos impiden acceder a ellas? ¿En español? ¿En inglés? ¿En italiano? ¿Cuántos de nosotros no querríamos tener acceso a nuestra serie preferida en inglés, por ejemplo? Sin tener que esperar largos meses, a veces, años. O querríamos verla en ese francés que estamos aprendiendo. O simplemente querríamos tener el gusto de verla cuando nos apeteciera y con quien nos apeteciera sin tener que esperar al DVD al que quizás no podamos tener acceso por falta de fondos.

¿Y no existen acaso también las bibliotecas? ¿Por qué no las dotamos de un gran fondo? ¿No deberían las propias cadenas dejarnos acceder a ellas? No tiene por qué ser para siempre, si no no venderían el material cuando saliese en DVD, por ejemplo. Quizás por tiempo limitado.

     Más ejemplos. La música, el teatro, los conciertos… Precios que pocos podrían permitirse. Menos mal que existen los descuentos, los carné joven y los precios reducidos… De lo contrario, pocos podrían ir a dos obras de teatro al mes. Algunos harían demasiado esfuerzo.

     Y si nadie lee libros, nadie escucha música o nadie consume cine o series, la cultura tampoco sobrevive. Tampoco se la quiere ni se la valora ni se la respeta. Si realmente respetásemos la cultura, lucharíamos porque llegara a todos y cada uno, más allá del dinero, más allá de la fama, más allá de todo. La cultura es patrimonio de la sociedad, y me repito, lo sé. Porque la cultura no debería ser de uno pocos y para unos pocos. Porque hay quienes quieren leer y no pueden, quienes quieren aprender y no pueden, quienes quieren emocionarse y tampoco pueden. Y si ni siquiera los que hacen la cultura, la cuidan, entonces poco les importa. Y si los que dicen hacer algo parecido a la cultura sin serlo, la venden sin respeto, tampoco les importa.

     No podemos quejarnos cuando ni siquiera nosotros mimamos a la cultura. Si no la respetan los escritores y sus lectores, ¿quién lo hará? Si no la respetan los actores, directores, espectadores… ¿Quién lo hará? Si no la quieren los pintores, los músicos, los fotógrafos, los escultores… ¿Quién lo hará?

¿Dónde está el arte?

¿Dónde está el arte?

     Hace meses que me hago esta pregunta. Hace meses que no disfruto de una canción, una serie, una película o un libro como solía hacerlo antes. Hay excepciones, pocas, pero cada vez más me cuesta encontrar el arte y eso me entristece. ¿Quién lo ha secuestrado?

     El arte es sentimiento, es expresión en su máximo nivel. Es la forma que tiene el ser humano de mirarse tras el cristal, de dar vida a sus propios sentimientos. Pero en un mundo competitivo donde prima el egoísmo, el negocio, el marketing, el odio o la deshumanización, nos estamos quedando sin aquello que nos hace un poco más humanos. Y quizás lo peor de todo, es que llega el instante en el que somos incapaces de distinguir qué es arte y qué no lo es. Qué es bueno y qué es insípido. Nos dejamos llevar por las modas, por la palabra barata, por aquello que nos entretiene pero no nos emociona. Nos dejamos atrapar por la palabra vacía, por los valores que nos llevan ¿a dónde? Nos convertimos cada vez más en seres humanos vacíos, incapaces de saltar del sofá por una buena película, de llorar de tristeza al cerrar un libro que nos atrapa, nos enseña y nos transmite hacia infinitos lugares donde la palabra es el vehículo. Hemos olvidado lo que significa escuchar una melodía y mover las manos a su compás mientras el corazón se removía. Olvidamos cada vez más lo que es la poesía, la pintura, la fotografía o las obras de teatro. Olvidamos lo que significa adornarse el alma de emociones tan variadas como el amor, el cariño, la compasión, el odio, el rencor, la venganza o la alegría convertida en carcajada. Una montaña rusa de sentimientos que carecen de valía en una canción vacía de letras y llena de cuerpos.

     Quizás peor que todo esto, y ya es decir, es que estamos acostumbrando a las nuevas generaciones. Y me incluyo por ser joven. Les acostumbramos y también a nosotros mismos, lo que es escuchar sin entender. Caminar sin andar, mirar sin ver. La literatura clásica la entienden los eruditos, la música clásica la gente adulta o anciana. El arte no es un rollo. El arte no es un coñazo. El arte es la forma de expresión de tantos seres humanos y es lo único que nos pega a la tierra.

    La escritura juega con las palabras para emocionar y hacer pensar a quien lo lee. No solo se trata de juntar palabras, todos somos capaces pero muy poco hacen llorar.
La música no es una melodía pegadiza con una letra y un vídeo impactante. La música adormece al cuerpo y levita al alma.

      La fotografía capta instantes llenos de vitalidad que cuentan historias.

      La pintura dibuja la realidad y la descompone en colores, figuras, estampas…

    El teatro, las películas, las series… demuestran la variabilidad de emociones que habitan en cualquier ser humano. Crean historias, lugares, sentimientos, crean lazos.

     Todo eso es arte… Todo lo demás, debería llamarse de cualquier otra forma.

La imagen es pensamiento

Decía Krishnamurti que las imágenes que nos formamos de las cosas son producidas por el pensamiento.

     Y yo me pregunto si dicha afirmación es real, imaginaria o si la puedo constatar con la propia existencia. Lo cierto es que creo que es posible. Cuando conocemos a alguien automáticamente nos creamos una imagen de dicha persona basada en su forma de hablar y gesticular, en su ropa, sus zapatos, sus ideas o creencias. De manera casi imperceptible para el ojo humano, ya le he hemos hecho una ficha de registro en nuestra biblioteca particular de la mente. Y en base a dicha imagen creemos que ese individuo se comportará de una forma, establecemos y proyectamos la imagen hacia el futuro. En base a ella creemos lo que debe gustarle y lo que no, a qué sitios va o con qué gente.

     También solemos hacer una composición de lugar de los individuos por el lugar en el que habitan. Por la gente con la que se relacionan, por los libros que leen, por la universidad a la que han ido. Establecemos un cánon y lo seguimos a rajatabla. Y así como creamos una imagen de los demás también creamos una propia. Es decir, en base a lo que nosotros creemos y a lo que otros nos dicen (con su propia imagen de nosotros, cada cual más diferente) hacemos un collage y decimos, esta soy yo. Debo de serlo cuando todos me dicen que soy de esta manera, debo de serlo cuando parece que me comporto de tal modo. Ejemplos hay muchos… Como cuando alguien nos dicen eres un impaciente, un incompetente, no llegarás nunca a nada o no vales para esto, eres una mala persona por pensar de esa forma o qué bueno eres, eres un sol, eres una magnífica persona… Y es posible cambiar la imagen que tenemos de nosotros y la que tenemos de los demás… Es tan fácil!

     Pero la imagen que nos hemos creado en la mente puede no resultar la realidad. El pensamiento la gran mayoría de las veces está condicionado por sensaciones, emociones, experiencias, creencias y conocimientos. Y ellas producen una ficha a rellenar cuando observamos a alguien. Establecemos si dicha persona es mala o buena, si es un buen amigo o no… Pero la imagen no es siempre la realidad, aunque a veces nos sirva para sobrevivir a los peligros.

     Entonces se produce algo interesante. Algo que ya nos preguntábamos otro día como son los prejuicios, el reproche o la decepción. ¿Por qué nos decepcionamos? ¿Por qué prejuzgamos?

     Si vamos desde el punto de los condicionamientos sabemos que nuestra mente no observa la realidad desde la neutralidad, y por tanto la imagen que nos creamos de un amigo, por ejemplo, no tiene por qué ser la real. Y en base a esa imagen actuamos. Ahora bien, cuando dicha ficha es puesta a prueba y observamos la realidad tal cual es, nos decepcionamos y entristecemos. A veces incluso con nosotros mismos cuando hacemos algo que nos reprochamos como malo, fuera de lugar… Y ahí aparecen todas las voces de nuestros padres, nuestras creencias, nuestras experiencias.

     A mi modo de entender las cosas la decepción proviene de un estado de pre- juicio anterior y de una imagen preconcebida. Si la imagen que tenemos de dicha persona es la real no cabrían los sustos porque sabemos qué esperar de la otra persona, a la vez que sabríamos qué esperar de nosotros mismos… ¿Y cómo dejar de imaginar? Quizás con la atención, como dice Krishna. Y añado, observando desde la neutralidad, sin condicionantes. Pero el problema es cómo llegar hasta ahí… Habrá que ponerse manos a la obra e ir quitando capas poco a poco. Cuestionando nuestra escala e ir desechando aquellas que nos impiden vivir.

Somos válidos, somos.

     Hace tiempo una persona que quiero mucho me dijo que el peor pecado que podemos cometer es suicidarnos por dentro. Por entonces yo no la comprendía. No sabía a qué se refería o quizás sí pero no podía afirmar que fuera cierto. Los seres humanos, todos, hemos aprendido desde pequeños a buscarlo todo fuera de nosotros. El cariño, los abrazos, la aprobación, las sonrisas, los buenos gestos, los reproches… Todo eso se lo pedimos a los demás, lo exigimos, lo necesitamos. Porque no es lo mismo querer a alguien que necesitarle. Querer implica respeto, aceptación, generosidad, paciencia. Necesitar es otra cosa.

Todos tenemos un vacío existencial. Una parte de nosotros mismos que solo puede ser llenada por nosotros mismos. Con nuestra presencia, nuestros pensamientos, actitudes, sentimientos, opiniones… Pero en algún momento se nos enseñó a depender y necesitar del otro. Se nos enseñó que las opiniones del otro eran más importantes, que el otro tenía derecho a decirnos lo que éramos, que el otro podía decirnos lo que debíamos hacer. Se nos enseñó a necesitar a los demás para ser felices pero no se nos enseñó a quererle. No nos enseñaron a querernos a nosotros mismos. No se nos dijo que nosotros también tenemos nuestro lugar en el mundo, que somos seres humanos con un camino propio, que no necesitamos que los demás nos aprueben. Ya estamos aquí, ya estamos “aprobados” para existir. Lo hacemos todos los días y nuestras ideas son igual de importantes que las de cualquier otro. Todo nuestro ser ya tiene derecho a ser.

Pero no nos enseñaron a querernos, respetarnos y aceptarnos tal y como somos. Nos enseñaron lo que deberíamos ser, nos dijeron cuáles eran las medidas perfectas, la ideología a seguir, las creencias más adecuadas…¿Para quién? Nos dijeron que teníamos que ser buenos para que mamá y papá no se enfadaran. Pero definamos qué es ser bueno y qué malo, qué es ser correcto, adecuado, educado. Definamos qué significa todo eso porque si ello implica anular al ser humano entonces, ¿está bien? Cada uno de nosotros tiene una parcela, una forma de existir y de ser. Otra cosa bien distinta es lo que hacemos con ella, si somos irrespetuosos con las demás parcelas… en cuyo caso habrá que corregir dicha conducta.

Nos dijeron que para ser aceptados debíamos renunciar y suicidarnos por dentro para encajar. Que nuestras ideas y pensamientos no son válidos. Que ha de pasar por la aprobación del consejo general. ¿Qué consejo? ¿Y quiénes son para definir lo correcto e incorrecto?
Y así van pasando los años y buscamos que los demás nos miren, nos hablen, nos acepten. Buscamos desesperadamente que nos digan que somos buenos, que hacemos todo bien. Para así sentirnos mejor por dentro. Para llenar ese vacío emocional, para paliarlo. Necesitamos una caricia, una llamada…para que la soledad no llegue, para no lidiar con el sufrimiento que supone saber que nunca nos hemos querido lo suficiente para hacernos valer delante de otros. Porque ese vacío vendrá una y otra vez hasta que no nos sentemos a escucharnos a nosotros en vez de a los demás. Porque necesitar compañía no es lo mismo que quererla, disfrutarla. Porque necesitar implica vacío, implica hacer reproches, egoísmo, angustia, coraje. Implica frustración.
Pero si ya te tienes a ti mismo sabes que los demás aportan pero no llenan. Porque solo nosotros podemos llenar nuestro cubo de agua desde hoy y para siempre.

Llenar ese cubo implica vivir el presente, lo que es ser uno mismo, libre, sin ataduras. Quererse, aceptarse, valorarse y entenderse. No significa solo comer bien, hacer ejercicio o darse caprichos. Vivir, existir, ser uno mismo implica dejar que afloren todos los pensamientos y sentimientos que pasan por nosotros sin juzgarlos, sin condicionarnos. Verlos, observarlos, sentirlos con todo el cuerpo y dejarlos marchar. Significa respetarse mental y físicamente.

Nuestro cuerpo es lo único que permanece en el presente, en el aquí y en el ahora. Es un planteamiento fácil, lo es, pero lo es menos darse cuenta de ello. Observarse la respiración y ser conscientes de nuestra existencia, de que estamos, somos. Y que a nuestro alrededor pasan miles de pequeños detalles que podrían hacernos felices. La respuesta a todo está delante de nuestras narices pero no somos conscientes.
Como tampoco somos conscientes de nuestras propias limitaciones, de nuestros miedos, frustraciones, rabias, rencores, odios, envidias… Tendemos a desecharlos, a criticarnos, a decirnos que no debemos sentirlos porque nos han dicho que está mal, porque nos han dicho que no es lo correcto. Somos seres humanos y como tales, imperfectos y llenos de todo eso como también somos capaces de amar, de ser felices…Otra cosa muy distinta sería si los lleváramos a la práctica. No está mal sentirlos, forman parte de nuestras frustraciones, de nuestras ganas de ser queridos, de nuestros miedos a nos ser competentes, al qué dirán, a que nos dejen de lado… Bajo los sentimientos primitivos hay mucho más, pero no los observamos, no los vemos como parte de nosotros. Así será imposible deshacernos de ellos y llegar a la raíz de nuestro malestar.
Y eso, significa quererse, sentir que estamos vivos. Porque sentir significa que no hemos muerto. Estar presente significa sentir nuestras emociones y convivir con el mundo como si fuera nuevo, inmenso, eterno. Porque no se ve una margarita de la misma forma si uno es consciente de que la observa que si uno camina por la vida sin caminar.

No nos han enseñado a querernos con todo, con los sentimientos dolorosos y los alegres. Se valora únicamente el estar bien, feliz, alegre… no se nos permite entender que la tristeza forma parte de la existencia y que como tal hemos de abrazarla, entenderla y preguntarle el por qué. No se nos ha enseñado a estar presentes, a vivir cada instante sin pensar en el futuro de forma permanente, no nos han enseñado a valorar nuestra presencia.

No nos han dicho que importamos y que somos igual de válidos que cualquier otro. No nos han dicho que no debemos querer ser como otro y que es fuente de envidias y rencores. No se nos ha explicado lo que implica ser uno mismo y aprender a aceptarlo.
No se nos ha enseñado a llenar ese cubo con nuestra propia agua. Que todo lo que necesitamos para existir ya lo tenemos, que no hace falta buscarlo fuera. Porque ya estamos completos y ya somos válidos. Nadie ha de venir a acuñarnos.