Tú decides, pero no decides.

     Tú decides. Sí, yo decido. Valiente quimera. Tú decides. Sí, yo decido. Y seguiré decidiendo hasta que me lo permitan, hasta que quienes quieren que decida se cansen o estén contentos con mi decisión. Solo hasta entonces. Después dejaré de ser decisiva, después mi voz no valdrá nada.

     Yo decido, pero solo cuando quienes quieran que decida estén descontentos con el resultado de nuestra decisión. Porque aún la culpa será mía por no saber elegir, porque estoy equivocada y debo cambiar mi opinión. Porque en nuestra sociedad no se puede ser plural.

     Y vamos a elegir y a decidir sí, pero a regañadientes, estafados emocionalmente, incómodos, hartos, cansados. Y vamos a elegir y a decidir, sí, porque nunca sabremos cuándo será la última vez, pero no vamos ilusionados. Vamos culpables, nos sentimos culpables. Porque la culpa es nuestra, porque no sabemos elegir. No tenemos dos dedos de frente, somos tontos. No vemos lo que es correcto. Pero ellos vienen a iluminarnos con su sabiduría, porque ellos saben lo que es adecuado para nosotros. Quieren que vayamos a elegir, pero en realidad solo quieren que les elijamos a ellos. Y si no sale lo que ellos quieren, como niños pequeños patalean. Y la culpa es nuestra, siempre será nuestra. Da igual si siempre sale la misma elección. Da igual si nuestra decisión no cambia. Volveremos de nuevo una y otra vez.

     Y nos volverán a echar la culpa porque no supimos elegir lo correcto. Porque lo correcto es lo que otros dicen que lo es. Como tampoco es correcto ser orgulloso, soberbio, incomprensivo e intolerante. Como tampoco es correcto no saber escuchar ni ser dialogante. Y tampoco es correcto ser insensible. Pero, yo debo ser correcta y elegir bien. Y si quienes deben ser comprensivos, tolerantes o dialogantes no lo son, la culpa será mía por no haber decidido bien, la culpa siempre será nuestra.

La ansiedad y el cerebro catastrófico

     Todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido miedo. Temor hacia alguna situación o hecho. Nos hemos vistos paralizados por nuestro propio cerebro. ¿Por qué siento ganas de salir huyendo de esta reunión de amigos? ¿Por qué me tiemblan las piernas cada vez que pienso en ir al médico? ¿Por qué tengo ganas de vomitar cada vez que el profesor me llama a la pizarra? ¿Por qué pienso que todo va a salir mal? ¿Por qué me preparo para la catástrofe?

     La ansiedad es la respuesta que todos hemos vivido ante situaciones que nos resultan, que a nuestro cerebro le resultan, especialmente estresantes. Entramos en pánico, el miedo aprieta ese botón rojo de alarma y por todo nuestro cuerpo suena una sirena como la de los bomberos, ¡hemos de apagar ese fuego! ¿Pero qué fuego si es solo un gato intentando acercarse a nosotros? Pero esa no es la imagen que ha leído el miedo, para él, para nuestro cerebro, ese gato es una amenaza. Un ser que viene a matarnos, ¿matarnos? Nuestra supervivencia está en juego. Y como con ese gato, con todo aquello que nuestro cerebro detecta como dañino. Porque muchas de las situaciones que vivimos son como ese gato, inofensivas. Pero, ¿qué ocurre entonces?

      Imaginemos una situación futura, la ansiedad siempre ocurre cuando nos anteponemos. Pensemos por un momento en un hecho que nos produzca especial temor. A mí me inquietan los actos sociales de más de dos personas. Pero para ti será cualquier otra situación. Cada uno de nosotros tenemos un botón de alarma y ese botón se encenderá dependiendo de cuáles sean nuestros miedos e inseguridades. Imaginemos entonces esa situación ficticia futura. ¿Cuál es la primera reacción? Pánico. Las imágenes catastróficas se suceden en nuestro cerebro. Todo va a salir mal, pero mal, mal. Empieza el agobio y la intención principal de evitar el hecho que ha producido este malestar generalizado, la ansiedad, la adrenalina desbocada ante la situación. Los pensamientos desastrosos. Las posibles consecuencias de todo lo que va a salir fatal. Porque para nuestro cerebro, bajo esta probabilidad de ocurrencia, todo es un desastre. Pero, ¿no estamos hablando solo de eso? ¿De una probabilidad?

      He dicho que los actos sociales con más de dos personas me ponen de los nervios… Imaginemos que tengo una comida con gente que apenas conozco. ¿Cuáles son las probabilidades? Es posible que la comida se cancele, o que no acuda todo el mundo, que incluso vaya alguien conocido, que la comida sea de nuestro agrado, o que no lo sea. Que haya postre o que no lo haya. ¿El sitio? Puede que sea luminoso o no, que sea cómodo. ¿Está bien ubicado? ¿Llegaré bien? ¿Debo coger un taxi o un autobús para llegar? ¿Y si llegó tarde cómo me mirarán? ¿Y si hablan de cosas sobre las que no sé nada? ¿Y si no hablo? ¿Y si me quedo callada? ¿Y si me miran mal? ¿Y si les caigo mal? ¿Qué pasará si al acabar no me vuelven a invitar? ¿Pensarán que soy rara? ¿Retraída? ¿Tímida? ¿Y si creen que soy tonta?

     ¿Cuántas preguntas nos hemos hecho solo por pensar en un acontecimiento futuro? ¿Alguna vez nos preguntamos en positivo y no en negativo?

      Nuestro cerebro está preparado para velar por nuestra supervivencia. Ante un hecho futuro sobre el que apenas conocemos los detalles, nuevo e incierto, el cerebro genera la cantidad de situaciones probables que pueden producirse. Sin embargo, se ceñirá únicamente a aquella que aún siendo igual de probable que las demás supone un riesgo físico o psicológico para nosotros. Ante esa opción buscará todo aquello que pueda ocurrirnos e intentará buscar la solución a todos esos problemas. El miedo activa el mecanismo de defensa y es ese el que lucha por mantenernos vivos. Aún así, lo único que podemos convertir de incierto en cierto es lo físico. Si vamos a ir a casa de un amigo nuevo y tenemos miedo de perdernos la única solución eficaz es ensayar el camino un día antes. Si tenemos que hablar en público podemos subirnos a la tarima, sentir el suelo, decirle y enseñarle a nuestro cerebro el lugar desde el que deberemos presentar nuestro trabajo de ciencias.

      Lo que no podremos enseñarle, sin embargo, es lo emocional. No podemos anticiparle los sentimientos que tendremos o las reacciones de los demás. Para nuestro cerebro los demás siempre se reirán de nosotros, nos ignorarán… Nos pondremos siempre en lo peor para poder ponernos un escudo y protegernos ante posibles amenazas psicológicas. Es posible que nada de esto ocurra y nadie se ría de nosotros. ¿Y si nos aplauden después de presentar nuestro trabajo? ¿Y si luego un compañero nos felicita? ¿Y si gracias a eso aprobamos? No es fácil tampoco si nuestro cerebro ha aprendido lo negativo.

       Imaginaos que nos encontramos ante un león, pero nunca hemos visto alguno. ¿Huiremos? Ni siquiera sabemos que es un león y que es peligroso. Únicamente huiremos si le vemos correr hacia nosotros con las fauces abiertas. Echaremos mano de nuestro instinto. Pero si le vemos sabiendo lo que es y además nos ha mordido en otra ocasión correremos solo con verle, aunque esté acostado y dormido. Es posible que no sea el mismo león, pero la situación es similar. Nuestro cerebro ha echado mano de recuerdos anteriores para advertirnos. Lo mismo ocurre con todas nuestras posibles experiencias. Nuestro cerebro catastrófico nos alertará siempre de los peligros aunque estos no sean tales. Él nos presentará el peor de los escenarios para prepararnos para lo peor, aunque finalmente eso no ocurra. Entonces, ¿hemos sufrido en vano? Debemos indicarle a nuestro cerebro que eso que nos enseña es una probabilidad, no La Probabilidad. Enseñarle que hay otras opciones, que no todo va a salir mal. Y quizás así, en algún momento, logremos desactivar esa alarma.

La escala de expectativas

     Últimamente me ha dado mucho por pensar en qué es lo que quiero yo que sea mi vida. Qué planes encajan mejor con mi forma de concebir el mundo, cuál es mi trabajo ideal, dónde debo publicar mi próxima novela. Todo ello basado en mis propias expectativas, en qué es lo mejor para mí, sin prejuicios, sin egos, sin sentimientos de vergüenza o miedos. ¿Qué es lo que quiero yo realmente?

   ¿Alguna vez os habéis hecho esa pregunta? Lo interesante de esto que expongo es que todos contamos con una escala de valores, pero también con una de expectativas. Nos ponemos objetivos, metas. Con las cosas, los hechos, las personas… Y cuando no se cumplen nos frustramos, nos entristecemos, nos enfadamos. Con nosotros mismos, con la vida o con los demás. Ahora bien, me planteo cuántas de esas expectativas como de esos valores son realmente nuestros. Lo que estamos persiguiendo, ¿es lo que mejor nos conviene? ¿Encaja con nuestra personalidad? ¿O es una expectativa autoimpuesta?

   Cuando hablo de autoimpuesta me refiero a todos aquellos objetivos que no hemos decidido nosotros si no todo lo que nos rodea. Una expectativa autoimpuesta puede ser la de conducir, tener casa y familia a los 30 años. Es el modelo ideal pero, ¿es el modelo ideal para ti? Quizás lo sea no tener hijos, ¿quién ha dicho que sea obligatorio? ¿Es necesario pasar por la universidad? Quizás con un curso sea suficiente para lo que quieres. ¿Hay que ser un ejecutivo?

  ¿No es cierto que tendemos a interiorizar lo que se cree que debemos hacer?

  En muchas ocasiones tomamos decisiones en la vida haciendo lo que se espera de nosotros. ¿No son eso expectativas ajenas? Ellos esperan. Es posible que coincidamos pero también es posible que no. Y entonces tendremos la sensación de estarle fallando a alguien. Cuando en realidad únicamente nos estamos defraudando a nosotros mismos. ¿Qué es lo que quiero yo? ¿Cuál es mi escala de expectativas?

   Estas son preguntas que habrá que contestar cada uno. A veces lo que a nosotros nos hace feliz no es lo que quieren los demás y muchas veces no es lo que la sociedad y la cultura esperan de nosotros. Pero eso no debería frenarnos porque estamos haciendo lo mejor para nosotros, lo que nos hace feliz.

La sociedad del etiquetamiento

     Tenemos una necesidad innegable de conocer y ordenar. De encajar todo lo que está a nuestro alrededor en un conjunto de conceptos. De enmarcarlo, de etiquetarlo. Necesitamos poner nombre y de esa forma dar entidad a un ser abstracto. Puede ser una idea, a este respecto ya estamos acostumbrados. Las ideologías son etiquetas. Derechas, izquierdas, centro. Comunismo, capitalismo. Progresista, conservador. 

    También nos encontramos con etiquetas hacia la personalidad. Extrovertido, introvertido, inteligente, tonto, valiente, cobarde… De esto ya hemos hablado también en otra ocasión.

     Etiquetamos productos. Coches, fruta, verduras, ropa, joyería, bollería, embutidos, electrodomésticos…

     Etiquetamos el arte. ¿Qué tipo de libros escribes? ¿Qué música haces? ¿Dentro de qué movimiento artístico te mueves?

     Etiquetamos los ideales. La igualdad, la justicia, la equidad, la solidaridad, la venganza, el odio, el amor… No solo ponemos nombre a esto. Los utilizamos a favor de las ideologías. Los enmarcamos dentro un cuadrado del tablero del ajedrez del que no pueden salir.

      ¿Es necesario? Ahora que en las últimas semanas no paramos de oír etiquetas. De oír distintas formas de llamar a lo mismo. ¿No estamos quitándonos libertad? ¿Hay que ser de una única forma? ¿No conseguimos dividirnos? ¿Debemos encasillarnos? ¿Acaso la verdad es absoluta? ¿No existen distintos tipos de verdad? ¿Por qué ni moverse como la reina del tablero? En todas direcciones…

Un único movimiento divide. Un movimiento diverso unifica.

 

Ese niño que será prejuzgado de adulto

     Hemos creado un mundo lleno de prejuicios. Es algo de lo que he hablado en alguna ocasión pero hoy quiero hacerlo desde otra óptica, desde la mirada de un niño. Hoy he visto a una madre con su hijo mientras esperaban el autobús, eran extranjeros. Por su aspecto, quizás de marruecos o de Yemen, o de Iraq. No he podido evitar mirar con cariño al pequeño para enseguida pensar en algo en lo que nunca había caído. Ese niño vivía ajeno a lo que iba a ser su mundo de adolescente y como adulto. Vive ajeno, como otros tantos niños, a lo que son los prejuicios. Para él todo es lo mismo, nadie es distinto. Pero a medida que crezca alguien le descubrirá que no es así. Que hay malos y buenos, que puedes averiguarlo por su aspecto. Le dirán que el enemigo es un ente. No sabemos qué lo será dentro de unos años, pero habrá un enemigo. Y a ese pequeño niño le juzgarán por su aspecto y por lo que hayan hecho otros. Ese pequeño crecerá y quizás sea buena persona, alguien noble. Quizás sea médico,  psicólogo, maestro o mecánico. Quizás monte su propio negocio o trabaje en una ONG. O a lo mejor termina siendo camarero o jardinero. No sabemos qué será de mayor ni quién. Pero lo más seguro, lo único que podemos adivinar es que a pesar de todo alguien acabará por mirarle por encima del hombro, alguien le juzgará sin conocerle solo por su apariencia. Solo por un puñado de genes heredados de su madre, quizás también de su padre. De sus antepasados. Lo que le arrebatará la sociedad será como a muchos esa mirada limpia.

    Y entonces me pregunto con rabia, qué sociedad estamos construyendo en la que ya sabemos que depende de dónde hayas nacido o cómo sea tu aspecto serás juzgado. Da igual quién seas. Qué sociedad es esta en la que no advertimos de la gravedad de esto a nuestros hijos. No les avisamos de lo que ocurrirá y les advertimos que aunque pase ellos no deben dejar que su autoestima dependa de ello. Que no deben odiar.

     Porque ese niño probablemente sea juzgado por otros niños pero también por adultos que podrían ser sus padres, y eso es lo triste.

 

En búsqueda de la voz propia.

     La vuelta de Nora, de Lucas Hnath, plantea en sus últimas escenas una interesante reflexión. Nora habla de la búsqueda de su propia voz. Durante años se vio abocada a escuchar a los demás e interiorizar lo que le decían. Era lo correcto. Lo que su padre o su marido hablaban era lo verdadero, su opinión lo era. Y después de dar ese portazo que finaliza con las cadenas de Nora en Casa de muñecas de Ibsen, Hnath nos muestra a una Nora que se ha encontrado a sí misma. Y nos enfrenta, como ya lo hiciera Ibsen, con el matrimonio y la vida en pareja. Porque en Casa de Muñecas ella descubre que ha vivido con un desconocido y que tiene un deber hacia sí misma.

    Lo que más interesante me resulta de todo esto y es lo que me lleva a reflexionar es la capacidad que tenemos para anularnos a nosotros mismos y cómo pueden llegar a hacerlo los otros. El miedo, el conformismo, la sociedad, la cultura e incluso el amor mal entendido pueden llevarnos a un estado de incomodidad cómoda en la que lo que opinan los demás termina siendo lo válido.

    En el caso de Casa de muñecas esa anulación proviene del matrimonio y de la jaula que supone en una sociedad donde lo roles son claros. El hombre es el que piensa. Pero extrapolemos esto a la vida en general. ¿Cuántas veces hemos callado ante un hecho en casa, en el trabajo, en una amistad solo por tener la fiesta en paz? No digo que haya que estar discutiendo siempre pero a veces es necesario ponerse a uno por delante. Entender que lo que decimos es tan válido como lo que dicen otros. No conformarnos.

     Y podríamos decir que lo que hay en el fondo de todo eso es un miedo atroz a ser despreciados. Entonces creamos ese muro insalvable detrás del cual se encuentra nuestro verdadero yo. Crean y creamos una versión de nosotros mismos que curiosamente se aleja de nosotros y se acerca a los demás. Matamos nuestra propia voz y la silenciamos para escuchar el ruido.

    Hay quienes comienzan a escucharse demasiado tarde cuando ya no hay forma de volver atrás. Por eso, cualquier lugar o relación que nos impida volar o que nos encierre no será nunca ni real y ni verdadera. Nos hemos acostumbrado tanto desde siempre a infravalorarnos y a dejar de otros lo hagan que hemos dado por buenas situaciones que no lo son. Y pienso en Nora y me siento tan orgullosa de que exista un personaje tan valiente en la literatura… Como tantos otros que decidieron luchar y revolverse. Como ellos cada uno debe emcontrarse, descubrirse y no dejar que nada ni nadie apague nunca nuestro yo, nuestra voz. Porque todos tenemos algo que decir.

 

No se nos enseñó a trabajar para buscar trabajo

     Hace unos años, cuando todo parecía idílico dentro de la burbuja que son los libros, los exámenes, las notas, las horas dentro de un cuarto y los deberes, nada preocupa más a un estudiante que acabar sus estudios. Algunos simplemente sueñan con terminar, otros con tener buenas notas para encontrar un buen trabajo con el que han soñado durante su vida. Porque es para lo que han estudiado, para formarse, para tener un futuro. Si además te gusta y eres brillante debes esforzarte más que cualquier otro en alcanzar esa meta. Desde niño, a pesar de ser vago o cómodo en ocasiones, has comulgado con la idea de que para ser algo hay que hincar bien los codos porque esa es la única manera de ser lo que quieras. Porque quienes se esfuerzan, quienes sacan sobresalientes son los que llegarán lejos. Los que no aprenden lo suficiente nunca lo harán. Una creencia como cualquier otra con un prejuicio implícito, quizás incluso algo de arrogancia. Pero es lo que hay que hacer, es lo que nos han enseñado. Y si no eres capaz de llegar te preguntarán qué es lo que te ocurre. Puedes dar más de ti, lo has demostrado en otras ocasiones. Eres inteligente, quizás incluso seas el empollón de la clase al que todo el mundo aborrece. Pero eso no importa, da igual no tener amigos. Porque la meta es lo que hay dentro de unos años. Hay que ser buen estudiante, hay que sacar buenas notas, porque quien lo hace tendrá un trabajo seguro, todo el mundo se fijará en tus notas. Es lo primero que mirarán… Pero entonces llega la primera entrevista de trabajo. Y el mundo se derrumba. Nadie nos dijo que la realidad fuera tan distinta.

      Fuera de las aulas las cosas son diferentes. Y si no nos han preparado para ello nos sentiremos frustrados con nosotros mismos, nos daremos el primer gran batacazo de nuestra existencia. Caeremos al vacío como la lluvia sobre el asfalto. Nos daremos cuenta de que tantas horas frente a un libro no han valido para nada porque lo que buscan es empatía, responsabilidad, gestión del estrés, inteligencia emocional… Y eso nadie nos lo ha enseñado. No se nos dijo que encontraríamos un trabajo quizás tres años después de acabar la carrera, a la doceava entrevista. Que antes deberíamos a aprender a gestionar el no. Que no encajamos en todos sitios, que debemos aprender a hacer entrevistas, a vestirnos para ellas… Nadie nos advirtió de que es nuestro currículum y nuestras aptitudes lo que cuenta a la hora de ser o no elegidos. Que para cuando te hayan valorado en algún sitio antes habrás tenido que sentir frustración. Que tu autoestima subirá y bajará de la misma manera que aparecen ofertas en las que probablemente serás un número más. Nadie nos dijo que tendremos que llorar desconsoladamente, que nos encontraremos con personas a las que no les importaremos porque somos un papel más. Que el silencio será a veces aplastante. Nadie nos enseñó paciencia ni nos dijo que todo llega pero que hay que esforzarse. No se nos dijo que salir al mundo implicaba variabilidad. Que fuera de las aulas no existe la estabilidad y que deberemos aprender a convivir con la incertidumbre, con los cambios. Que ahí fuera todos seremos iguales en oportunidades y de que no partirás con ventaja, empezarás de cero. Que quizás tu suerte sea menor, que verás a compañeros avanzar más rápido que tú. Y que ellos crecerán mientras tú aún no encuentras una oportunidad. Que sentirás envidia y te cuestionarás tu propia valía, tus aptitudes. ¿Realmente las tienes? Tu currículum y tus notas lo dicen pero otros lo niegan o se niegan a verlo y para cuando alguien lo vea estarás herido. Seguirás cuestionándote, seguirás decepcionado.

      Porque en este momento de cambios, en todos esos años ha habido un gran vaivén emocional lleno de tristeza, culpa, alegría, incertidumbre, rabia… Y nuestra creencia más implantada de que con sacar buenas notas conseguiríamos un buen trabajo resulta ser igual de falsa de lo que era antes, la única diferencia es que lo hemos descubierto tarde, demasiado tarde. Cuando las horas no van a volver. Quizás hubiéramos vivido mucho más relajados y habríamos visto que lo que realmente importa en este mundo es aprender y no aprobar, porque la segunda proviene de la primera y no al revés. Y quizás ahora, después de haber logrado encontrar un trabajo no nos haríamos esa martilleante pregunta con un gran poso de decepción, ¿para qué ha valido tanto esfuerzo? Ni sentiríamos tristeza por haber desperdiciado pensamientos en una falsa creencia tan infantil.

     Nadie nos dijo que la realidad fuera tan complicada y tan sencilla a la vez.

¿Características positivas y negativas de la personalidad?

Características negativas de la personalidad: Introvertido, solitario, débil, tímido, hablador, aburrido…

Características positivas de la personalidad: Extrovertido, callado, elocuente, popular, seguro de sí mismo, comprensiva…

Seguro que a muchos de vosotros os suena esta clasificación. La hemos visto en muchas ocasiones sobretodo cuando somos pequeños y comenzamos a aprender a describirnos a nosotros mismos o a los demás en español o en inglés. Esta diferenciación no la he construido yo, la he encontrado en una página dedicada al aprendizaje del inglés puesto que ahora he empezado a ayudar a un niño con el idioma. En apariencia es algo simple, sencillo. No habría de existir maldad en clasificar las características de una persona y ponerlas como malas o buenas. ¿No es cierto que ser agresivo es malo? ¿O ser avaricioso? ¿Maleducado? ¿Insensible? ¿Irresponsable? ¿Vago? ¿Mezquino? Todo el mundo desaprobaría una actitud semejante e incluso nos llevaríamos las manos a la cabeza, negaríamos con vehemencia y señalaríamos al sujeto en cuestión poniéndole una marca para toda su existencia. Es más, nos apartaríamos si pudiésemos. Nos persignaríamos tres veces.

Pero, ¿y si fuéramos aventureros? ¿O valientes? ¿Curiosos? ¿Amables? ¿Simpáticos? ¿Audaces? ¿Inteligentes? ¿Sabios? ¿Ingeniosos? ¿Ocurrentes? Seríamos alguien popular entre nuestros vecinos, seríamos aquella persona a la que todos quieren tener cerca. Nos saldrían amigos y enemigos a partes iguales, pero quizás más amigos. Porque somos buenos… ¿O no?

¿Quién define lo que es bueno y lo que es malo? ¿Quién nos define? ¿Quién nos pone el rótulo y los neones? ¿Quién establece lo que es popular de lo que no lo es?
No es otro que nuestra cultura. Y la cultura la hemos inventado nosotros.

Comienzo de esta forma para dar a entender lo interiorizado que tenemos la categorización de las personas según sus características. Si alguien es popular es algo bueno. Si eres introvertido estás mal de la cabeza, algo falla en tu ADN. Si eres débil o vulnerable no sirves para nada porque nunca hay que mostrar debilidad, hay que ser siempre fuerte, valiente. No se puede tener miedo, ¿cómo vas a tener miedo de una araña? ¿Estás loco? ¿Se te ha fundido un fusible?

Si eres solitario o tímido eres antisocial, demuestras poco respeto hacia las personas que te rodean. Debes ser extrovertido, salir de fiesta, tener muchísimos amigos. Debes ser alguien a quien todos conozcan. Debes ser seguro de ti mismo, no te permitas tener complejos ni dudar de ti porque eso no le gusta a nadie. No te permitas ser imperfecto. ¡No! Debes ser siempre positivo y estar alegre. ¿La tristeza? No, esa nunca la permitas entrar en tu vida. No te permitas ser pesimista ni estar aburrido. La gente que se aburre no le gusta a las personas. Hay que saber que hacer, siempre.

Y por favor, sobre todas las cosas, sé callado. Sé una persona sumisa. Déjate llevar por lo que digan los demás porque esa, querido amigo, es una característica positiva de tu personalidad y de la que debes sentirte orgulloso. Por cierto, no importa ser orgulloso.

¿Qué pasaría si esta clasificación se la enseñamos a un niño? ¿Qué pasa si nos la han enseñado a todos nosotros? ¿No estamos poniendo las bases para la intolerancia? ¿Acaso con esto no estamos diciéndole al niño lo que debe ser y lo que no? ¿No le estamos enseñando a que sienta frustración? ¿A que no sea él mismo?

Muchas de las situaciones que vivimos en la actualidad basadas en la intolerancia (acoso escolar, laboral, humillación, maltrato, superioridad…) provienen de cosas tan sencillas y simples como una clasificación de estas características. No se trata de clasificar en negativo o positivo sino de enseñar que hay actitudes malas y buenas. Porque inconscientemente estamos enseñando a realizar esa clasificación a los niños y ellos serán en el futuro los que establezcan los mismos estándares. Y seguiremos tratando a quien es más introvertido u observador como un demonio mientras seguimos premiando la personalidad que, según nuestra cultura, tiene valía cuando todas son igualmente válidas.

Tengamos pues cuidado con el lenguaje, es el arma más poderosa y más silenciosa.

El qué dirán: miedo a ser yo mismo.

     Últimamente me pregunto qué es ser normal, real, anormal, distinto, perfecto… Y quién es el que define dichos aspectos y los clasifica según su importancia. Dicen que para ser alguien en esta vida necesitamos ser normales y ajustarnos a lo que todo el mundo dice que debemos ser. Tener una buena casa, un buen trabajo, ir a la moda, tener un buen cuerpo, una buena cara, ser amables, no estar tristes ni de mal humor, ser condescendientes, admirar a quienes más tienen, admirar al dinero, ser otro… Pero, ¿qué es tener algo bueno?

     Dicen que tener unas medidas 90-60-90 o unas que se acerquen a eso, o tener el vientre plano, estar musculoso, hacer dietas… eso es estar bien. Todo lo demás, pues, según esa definición, es lo anormal, lo imperfecto. Lo asqueroso de ver a la vista. Porque la mujer que tiene barriga es fea de ver, o eso dicen. Porque el hombre que no hace pesas y va poco al gimnasio o hace poco deporte es un vago. Entonces aparece la operación bikini con toda su gran maquinaria. Ejercicios para perder grasa, alimentos… Y si llegado Junio, mes de apertura de piscinas, no estamos “bien” todo el mundo nos mirará con desprecio por no ajustarnos a los patrones establecidos de belleza. Porque para ir a la playa es necesario tener un “cuerpo 10” y quien no lo consigue es que simplemente no se ha esforzado lo suficiente. Pero hay quienes lo hacen y caen en la bulimia, la anorexia o la depresión. Y aún seguiremos mirándoles con desprecio.

     Dicen que para ser alguien en la vida hay que ser un gran trabajador, infatigable, que gane cantidades ingentes de dinero y tenga una buena casa, un gran coche. Tenga fama, venda muchos libros, discos, pinturas. O sea un gran publicista, médico de éxito, periodista galardonado, empresario de portada. Alguien que pueda marcharse de vacaciones en verano a lugares inhóspitos. Pero definamos bueno. ¿Qué es una buena casa? ¿Una que sea grande, espaciosa y llena de muebles? ¿Una con la que podamos presumir? ¿A pie de piscina o de playa? ¿Una que esté en un barrio residencial? ¿O una que nos dé cobijo y en la que a pesar de su pequeñez nos sitamos a gusto?

¿Qué es un buen trabajo? ¿Aquel en el que nos vendemos por dinero? ¿Aquel donde a pesar de no gustarnos podemos pelotear? ¿Aquel que todos podrían llegar a aplaudir? ¿Aquel que no disgusta a nadie salvo a nosotros? ¿O uno en el que sintamos mariposas y vayamos todos los días con una sonrisa aunque ganemos poco?
¿Y qué es el dinero sino trozos de metal y papel?

Dicen también que hay que ir a la moda. Que tendríamos que vestir de una determinada manera. Dicen también que deberíamos salir de juerga o hacer actividades ociosas que la mayoría contempla como lógicas. ¿Realmente lo son?

     Dicen que hay que comportarse bien. ¿Y qué es eso? Dicen que hay que ser normal. Alguien que me lo defina.

     Dicen, dicen, dicen…. Todos tienen algo que decir. Pero el concepto de belleza cambia con cada siglo. Antes las mujeres no tomaban el sol porque era feo. Antes la gordura era símbolo de belleza. El concepto de grandiosidad también cambia según la ideología. Hay quienes quieren acumular y quienes quieren repartir. Los conceptos cambian con el tiempo. El prisma con el que observamos la realidad depende de la época en la que asomemos la cabeza. Y sin embargo, nos agarramos a ellos para no destacar aún cuando lo normal es otra cosa. Si miramos a nuestro alrededor todos tenemos curvas, canas, celulitis, barriga, pelos, mal aliento, nos huelen los pies… Y eso, mal que nos pese, es ser humano, ser real.

¿No es acaso el miedo a hablar en público miedo al qué dirán? ¿O la operación bikini? ¿O ir a la moda? ¿O salir a según qué sitios? ¿No es acaso miedo a ser real y ser rechazados por ello? ¿No queridos?

     Porque cuando no cumplimos con los cánones se nos rechaza, se nos juzga e incrimina pero si intentamos cumplir con ellos nos frustramos porque no llegamos al objetivo. Y sin embargo, cuando somos imperfectos es cuando somos nosotros mismos y somos felices.

La cultura debería ser accesible

     Hay una cosa llamada cultura que debiera ser accesible a cualquier persona sea quien sea, tenga los ingresos que tenga y se dedique a lo que se dedique. La cultura es patrimonio de la sociedad, es patrimonio incluso de aquellos que no se interesan por ella. Nos quejamos con bastante regularidad, sobre todo los artistas y algunos con razón, de temas como los impuestos, la piratería y otros tantos asuntos. Pero ni siquiera quienes están en el océano de la cultura ponen remedio a algo mucho más importante y que quizás sea la madre del cordero, por llamarlo de alguna manera, y que son el acceso a la misma y querer a la propia cultura.

      Los libros, los materiales audiovisuales (series, películas…), la música, el teatro, la pintura, la escultura, la fotografía, la historia, los idiomas, la filosofía…Todo ello forma parte de la cultura de un país, de la cultura de un mundo. Son formas de conocer el lugar en el que vivimos. Son formas también de pensamiento que han de poder transmitirse a quien desee conocerlas. Se debe pagar la cultura en la medida en que esta haya sido creada, es el caso de los libros, de las series, de la música o el teatro entre muchas formas de arte. Porque el artista también tiene derecho a comer, tiene derecho a percibir un dinero. Pero también me hago la siguiente pregunta, ¿el arte es solo para unos pocos? ¿Para aquellos que pueden permitirse comprar un libro? ¿O una entrada de teatro?

     Nos quejamos de la piratería por ejemplo, pero tampoco ponemos medios para que eso no se produzca. Estaría encantada de comprar un libro si pudiera, si los precios no fueran el símil de una compra, es lo que podría pensar alguien en el paro y que debe priorizar. Pero para eso existen las bibliotecas, ¿verdad? Y sin embargo, no las mimamos lo suficiente como para proveerlas de títulos. Uno puede ir a la de su ciudad y ver con disgusto que aquel título que deseaba leer con tantas ansias no está en ella e ir a la tienda y ver también con disgusto que tampoco puede comprársela. Quizás habremos perdido en esa persona a un lector empedernido que angustiado por su situación se desmoraliza porque no puede leer y tampoco le dejan leer.

     Podemos poner otro ejemplo. Las series de televisión o el cine. ¿Cuántos de nosotros no nos lanzaríamos corriendo a verla por el ordenador ahora que tenemos dicha oportunidad? ¿Cuántos de nosotros no nos hemos dado de narices contra mensajes que nos impiden acceder a ellas? ¿En español? ¿En inglés? ¿En italiano? ¿Cuántos de nosotros no querríamos tener acceso a nuestra serie preferida en inglés, por ejemplo? Sin tener que esperar largos meses, a veces, años. O querríamos verla en ese francés que estamos aprendiendo. O simplemente querríamos tener el gusto de verla cuando nos apeteciera y con quien nos apeteciera sin tener que esperar al DVD al que quizás no podamos tener acceso por falta de fondos.

¿Y no existen acaso también las bibliotecas? ¿Por qué no las dotamos de un gran fondo? ¿No deberían las propias cadenas dejarnos acceder a ellas? No tiene por qué ser para siempre, si no no venderían el material cuando saliese en DVD, por ejemplo. Quizás por tiempo limitado.

     Más ejemplos. La música, el teatro, los conciertos… Precios que pocos podrían permitirse. Menos mal que existen los descuentos, los carné joven y los precios reducidos… De lo contrario, pocos podrían ir a dos obras de teatro al mes. Algunos harían demasiado esfuerzo.

     Y si nadie lee libros, nadie escucha música o nadie consume cine o series, la cultura tampoco sobrevive. Tampoco se la quiere ni se la valora ni se la respeta. Si realmente respetásemos la cultura, lucharíamos porque llegara a todos y cada uno, más allá del dinero, más allá de la fama, más allá de todo. La cultura es patrimonio de la sociedad, y me repito, lo sé. Porque la cultura no debería ser de uno pocos y para unos pocos. Porque hay quienes quieren leer y no pueden, quienes quieren aprender y no pueden, quienes quieren emocionarse y tampoco pueden. Y si ni siquiera los que hacen la cultura, la cuidan, entonces poco les importa. Y si los que dicen hacer algo parecido a la cultura sin serlo, la venden sin respeto, tampoco les importa.

     No podemos quejarnos cuando ni siquiera nosotros mimamos a la cultura. Si no la respetan los escritores y sus lectores, ¿quién lo hará? Si no la respetan los actores, directores, espectadores… ¿Quién lo hará? Si no la quieren los pintores, los músicos, los fotógrafos, los escultores… ¿Quién lo hará?